La fuerza erótica

Quién no ha experimentado alguna vez (o muchas veces) la exaltación interna que produce la fuerza erótica, esa corriente de sensaciones placenteras que circulan por nuestro cuerpo.

La fuerza erótica, en sus manifestaciones, se parece al amor, siente cosas parecidas: falta de egoísmo, ganas de dar… Es una fuerza  capaz de levantar al alma del abandono y la autocomplacencia y hacer aparecer el deseo de unión. Es una semilla, es el anhelo del amor.

El erotismos es el primer paso en el camino al amor, aunque sin el amor, el erotismo no se sostiene y se consume a si mismo. Cuando el eros aparece, la fuerza sexual se mezcla con la chispa de la vida y el sexo pierde su cualidad egoísta para volverse una manifestación de unión con el otro. Es una fuerza que nos invita a salir del asilamiento, aunque si no se la utiliza como tránsito hacia el amor, se desvanece. Entonces cambiamos de persona y reiniciamos la búsqueda, porque ese anhelo de unión queda en el alma.

 

Erotismos y amor

Como dice Eva Pierrakos en su libro “Del miedo al Amor”, el eros nos muestra los destellos del amor, pero entre el amor y el erotismo hay un puente que no siempre se atraviesa y cuando eso no sucede, el erotismo termina consumiéndose a si mismo. Sólo el amor mantiene vivo al erotismo. El eros va y viene a su antojo mientras que el amor es un estado permanente del alma.

Claro está, que no se trata de un estado permanente en el sentido que solemos darle a lo permanente. El amor no es una posesión, algo sobre lo que tenemos un título de propiedad. La “posesión” de la persona amada no trae la “posesión del amor” ya que no es posible poseer el amor.

Esta visión posesiva está peligrosamente oculta cuando se llega al matrimonio. Se podría pensar que ya “tengo” a la persona amada y por lo tanto “tengo” el amor “hasta que la muerte nos separe”.  Pero la consolidación de la pareja no es un punto de llegada porque el amor, en un sentido, nunca se alcanza ya que necesita un cultivo permanente. Solo ese cultivo, a veces en terrenos placenteros, otras veces en terrenos accidentados,  permite atravesar el puente del erotismo al amor, un puente que queda tendido y sirve de apoyo a la fuerza erótica.

Cuando no lo atravesamos el erotismo se consume y las ansias de amor quedan dentro de nosotros sin manifestarse. Entonces buscamos a otra persona. Si no nos animamos a atravesar el puente, cambiaremos de persona pero quedaremos sin conocer el amor, sólo sus destellos. Quedamos en un erotismo que termina agotándose y cada vez más rápido.

La confusión entre el erotismo y el amor

Jamás se podrá definir el amor, sin embargo no es un bien raro ni inalcanzable ya que está dentro de nosotros, sólo tenemos que descubrirlo o, como decimos, cultivarlo para que aparezca. Quizás reconozcamos algunos de sus signos externos,  la ternura, la compasión, la comprensión, en una palabra una sensación profunda de conexión con el otro y con el universo mismo.

Cuando iniciamos una nueva relación con alguien que tiene la cualidad de calar hondo dentro de nosotros, la fuerza erótica aparece y podemos confundirla con el amor, pero el puente del erotismo al amor no siempre se atraviesa. No siempre dejamos de lado nuestro ego y permitimos, poco a poco, abrirnos al otro y a nuestra propia vulnerabilidad para observar si el encuentro de almas ocurre, es decir, si el verdadero amor nace.

Frecuentemente estamos preocupados por atraparlo, pero uno no puede tratar de amar, al contrario, cuanto mas tratamos, más se aleja. Tratamos que esa experiencia erótica no se extinga y buscamos la receta, copiamos las formas, ensayamos métodos para conservarla, pero si no pasamos el puente hacia amor, el eros indefectiblemente se va.

Por eso, en cualquier nueva relación, necesitamos tiempo para reconocer nuestra disposición y la del otro a cruzar ese límite. Si bien no podemos encerrar en una definición ese tránsito, podemos entrever que se trata de la capacidad de abrirse, entregarse, conocerse, dejarse conocer. y sobre todo la posibilidad de trabajar sobre las diferencias que en cada pareja indefectiblemente surgen. Porque estar en pareja implica la capacidad de albergar la dulzura del amor pero también las tormentas que desatan la personalidad de cada uno.  Cuando estamos comenzando una relación necesitamos explorar si esa capacidad mutua existe, o no.

 

Cuando el erotismo se extingue

Muchas veces, una vez formada y consolidada la pareja dejamos de buscar esa conexión, ese cultivo. Abandonamos esa parte nuestra y vamos detrás de metas externas, en un camino que nos va disecando por dentro. Cuando eso  sucede, en uno o en ambos integrantes, aparecen las acusaciones mutuas porque el otro que “no nos motiva” y la unión  se quiebra. Claro que hay muchas razones para que una pareja no prospere pero el abandono de la búsqueda de conexión con uno mismo y con el otro, la creencia que ya conocemos al otro evapora al erotismo y al amor sin remedio. El alma humana es infinita,  necesitamos abrirnos a ella, es decir a la vida, para seguir descubriendo que hay dentro de uno y del otro. Cuando damos por sentado al otro todo se extingue.

 

El erotismo y el tiempo.

El erotismo tiene múltiples formas, desde el ímpetu juvenil hasta la capacidad de goce de la madurez. Sin que esto impida, claro está, que exista goce en la juventud e ímpetu en la madurez, pero es necesario saber que las manifestaciones del erotismo son infinitas y no debemos confundirlas con la exaltación violenta de los sentidos o el puro hedonismo al que nos inducen muchas recetas actuales. Hoy se siembra  confusión en muchas parejas que, al no sentir lo que se pregona socialmente,  pierden la capacidad de palpar los sutiles signos del erotismo y del amor.

 

Eros, amor y miedo en las nuevas relaciones.

Cada vez tenemos más dificultad para captar los signos del amor porque no podemos salir del mal que afecta a nuestra época: el aislamiento. No importa cuan sociables aparentemos ser, por dentro permanecemos recluidos y defendidos, le tenemos miedo a las emociones. El eros, por un momento rompe ese aislamiento y nos deposita en la corriente de nuestras emociones largamente contenidas. Sin embargo, muchos temen “perder la cabeza” y la cabeza, o sea el ego, vuelve a tomar el control.

Vivimos en una época donde la cabeza manda y el corazón sufre y, ciertamente, lo pagamos caro. Así el temor a “perder la cabeza”, o sea, el miedo al amor viene con múltiples disfraces que nos “demuestran” la inconveniencia de comprometernos con la vida. Entonces nos retiramos, el puente permanece bloqueado y el amor no se da. Así el eros se extingue y decimos que esa no era la persona. Quedamos recluidos hasta que la fuerza erótica rompa nuevamente el aislamiento y nos acerque a otro para repetir la historia. De esta manera  nunca sabremos si de alguna de esas historias podría haber nacido el amor, entonces el eros, que es una invitación al amor, se vuelve efímero y se convierte en una búsqueda infructuosa, y cada vez menos esperanzada, del amor.

 

Erotismo y amor. Recomendaciones.

1.- Necesitamos ser conscientes que la fuerza erótica y el amor, en principio se parecen. Naturalmente  estamos hablando de un encuentro sincero por ambas partes donde “algo le sucede a cada uno”. Cuando eso ocurre,  el erotismo muestra los destellos del amor por eso es fácil confundir, en un primer momento,  erotismo y amor.

2.- La manera de averiguar si se atraviesa el puente del erotismo al amor es yendo despacio, dando tiempo a que la relación se desarrolle. Al principio la atracción es muy grande y el enamoramiento borra las diferencias. Con el  tiempo esas diferencias aparecen y con ellas se rompe la burbuja en la que estaba encerrada esa “relación ideal”. Es el momento en que se puede comenzar a trabajar en la construcción de   una relación verdadera.

3.- Dar lugar al conocimiento mutuo, un conocimiento real, verdadero, profundo y observar que le sucede a cada uno. Hacerse la pregunta, ¿Qué me sucede a medida que voy conociéndolo más? ¿Me voy sintiendo más próxima o más distante? Es común quedar tomados por el enamoramiento inicial sin poder ver al otro real por miedo a que todo se deshaga.

4.- Observar los miedos propios y el del otro. El miedo es enemigo del amor y  el mayor obstáculo en el tránsito del erotismo al amor. Ante el amor, la coraza de la personalidad suele presentarse como una traba. Con esa coraza aparecen nuestras maneras habituales de defendernos del miedo a “perder la cabeza”.

5.- Los miedos básicos son, por un lado, el miedo a fundirme, a perderme en el otro, a que me absorban, me asfixien. Por otro lado el miedo al abandono, a que el otro se vaya y aparezca en mí  la idea que no soy querible. Estos miedos, muchas veces, aparecen disfrazados de excusas. Así para alejarse uno comienza a verla fea o descubro que el no es perfecto o no me gusta su manera de vestir. Por otro lado si me toma el miedo al abandono buscaré excusas para que el otro esté permanentemente cerca hasta que termino asfixiando y logrando el efecto contrario al deseado

6.- La mejor manera de alejarnos de los miedos es dejar de “estudiar” al otro para encontrar las pruebas que nos quiere. Solemos creer  nos quieren cuando el otro cumple con nuestras expectativas, es decir, cuando se comporta a la manera que  necesitamos  y eso no suele ser la única evidencia que el amor está presente.

7.- Se trata de dejar atrás las expectativas y los prejuicios y suplantarlos por el interés, interés en el otro. Dar lugar para escuchar y crear clima para ser escuchado. Muchas veces no damos lugar, simplemente damos lo que nos gustaría que nos dieran sin darnos cuenta que eso no es lo que el otro necesita.

8.- Así como la mujer puede sentirse cómoda expresando sus sentimientos, el hombre suele sentirse en una posición de debilidad dando a conocer sus emociones. Por eso no es raro que el hombre elija otro “idioma” para expresar su amor, por ejemplo, tratando de ser solícito, útil, protector.

Se trata, entonces, de descubrir entre ambos, la manera particular que cada uno tiene de expresar el amor.